viernes, 2 de marzo de 2012

Uno menos (relato inédito)

Siendo las 5 para la 1 de la tarde de un domingo, hace una década más o menos. Mi compañero y yo acudimos a un llamado anónimo que nos aseguraba que se acababa de cometer un crimen.

Conforme nos acercábamos al domicilio señalado, notamos que la gente tapaba las cercanías de la casa en donde se había llevado a cabo el hecho. "¿De que magnitud habrá sido esto?" -fue lo primero que pensé-

Antes de bajarnos del coche, recuerdo que mi compañero preparaba la cámara, mientras me preguntaba si era conveniente bajar habiendo tantas personas. Viendo la cara de estupor de varias de ellas y conociendo que casi siempre era un pueblo tranquilo, le aseguré que no habría problema.

Abriéndonos paso, torpemente, entre las personas logramos entrar a la casa, la cuál era de estilo minimalista y contaba con muebles excesivamente limpios y bien cuidados, denotándonos que el dueño de la propiedad era alguien obsesionado con el orden correcto de la cosas.

En la sala estábamos tan solo cinco personas, sin contar obviamente a la victima, misma que presentaba un fuerte golpe en el rostro, siendo sin duda alguna la causa de su muerte. Como de costumbre me entreviste con los testigos, comenzando por el amigo y el familiar de la victima y dejando al final al victimario.

El familiar obviamente abogó por la calidad humana de la victima, pero el amigo común de ambos aseguró que tanto la victima como el victimario resultaban tener una conducta intachable hasta ese momento. Seguí interrogando a este sobre los posibles motivos del asesinato, fue una sorpresa saber que los dos no se conocían con anterioridad; siendo esa la primera vez que se encontraron sospeche de una acalorada discusión de índole emocional o ideológica, cosa que fue confirmada por mi interrogado.

Finalmente, me tocó conversar con el victimario, un hombre de mediana edad, de clase media y pulcramente vestido; sobra decir que su rostro reflejaba el terror de descubrir su capacidad de matar.

Después de hablar con él y contrastar su declaración con la de las otras dos personas, le pregunte que lo había orillado a cometer el crimen. Con sumo cuidado me comentó que él y el occiso cruzaron apenas media palabra a lo largo de varios minutos hasta que este dijo que era ateo; a partir de ahí ambos hablaron sobre la existencia o inexistencia de Dios, cada uno debatía al otro con argumentos que parecían válidos únicamente desde su punto de vista.

Al poco surgió el tema de siempre, la fe contra la razón. Alegando uno que la única manera de llegar a Dios es mediante la fe y el otro que la Fe era una falta de raciocinio. Evidentemente, el asunto termino muy mal.

Una idea que me recalcó como justificación fue que si el ateo no creía en Dios ni en la existencia del alma era sencillamente porque carecía de ella. Llegando a ser desde su ideología asesina algo inferior a una persona, un ser sin alma que no merecía gozar de la vida que Dios le había otorgado.

Durante muchas veces escuche todo tipo de justificaciones de parte de distintos asesinos, esta era solo una más, tan válida como cualquier otra. Pero me atemorizó que por unos segundos estuve de acuerdo con su causa, si los ateos no tienen alma, ¿porque debían ser tratados como personas?

Apartando ese pensamiento, me di cuenta que solo el victimario iría a la cárcel, pero en realidad había tres culpables; la victima se atrevió a provocar al victimario, este respondió violentamente a los insultos del primero y el amigo común cometió el error de presentar a dos personas extremadamente diferentes; y es que nunca se debe intentar juntar el agua con el aceite.

Por eso te digo amigo ateo que el matarme no hará que tus ideas mejoren el mundo y que ni tu ni yo podemos convencer al otro de pensar como nosotros; que tanto la razón como la fe son necesarias y que mientras el mundo sea mundo existiremos personas que abrazaremos una u otra con pasión y entrega. Te digo de verdad, que si adoras la razón, entonces adora mi libertad de tener fe, pues ambos somos iguales y creemos en cosas que no podemos ver.

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